Ebenezer Avivamiento del Reino de Dios
Este blog ha sido creado por los jóvenes de la comunidad Cristiana Evangélica Ebenezer para la honra y gloria de Jehová Dios
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DEVOCIONAL DIARIO CONEXION DE VIDA
2. Lee la palabra de Dios
“Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor. Y movido por el Espíritu, vino al templo. Y cuando los padres del niño Jesús lo trajeron al templo, para hacer por él conforme al rito de la ley, él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo: Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación”. Lucas 2:25-30
“Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. Porque los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria; pues si hubiesen estado pensando en aquella de donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver. Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad”. Hebreos 11:13-16
¿Quién era Simeón? La Biblia solo dice que era un hombre justo y piadoso que vivía esperando la promesa de un Mesías y que el Espíritu Santo estaba sobre él. Son cualidades que necesitamos para estar en comunión con Dios y recibir la revelación de Dios por medio del Espíritu Santo. Como dice el Salmo 25:14 “la comunión íntima de Jehová es con los que le temen, y a ellos hará conocer su pacto”.
El Espíritu Santo le había revelado a Simeón que no moriría hasta ver al Ungido del Señor. Fue movido por el Espíritu a ir al templo y encontró a Jesús, cuando sus padres lo estaban presentando conforme al rito de la ley. Tomó al niño en los brazos y con lágrimas de gozo bendijo al Mesías que tan solo era un bebé, diciendo sobre Él estas palabras: “Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel”, Lucas 2:29-32
Qué hermoso relato entre tanta multitud que iba y venía al templo de Jerusalén, un anciano esperaba el cumplimiento de una promesa. Su fe lo mantenía con la esperanza viva de que no moriría sin antes ver al Mesías, en un instante toda una vida de espera encontró su descanso. Simeón no vio milagros, ni escuchó sermones, pero sostuvo al Salvador en sus brazos, ese niño era el cumplimiento de todas las promesas de Dios.
Esto debe enseñarnos a esperar en fe cuando todavía no vemos el resultado, entendiendo que la fe mira más allá de lo visible porque confía en la fidelidad de Dios. Es buscar, como Simeón, comunión con el Dios que es fiel a sus promesas, esperando su respuesta en su tiempo.
Es vivir por fe a pesar de lo que no veamos, confesando como el salmista: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; más la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre” Salmos 73:25-26. ¿Será que independientemente de lo que estamos pasando, podemos confesar lo mismo?
El tesoro de Simeón no era el templo, ni la vida larga, sino el Salvador en sus brazos. Jesús sería luz para revelación de los gentiles y gloria de su pueblo Israel. Simeón comprendía que el alcance del evangelio sería universal, la salvación que sostenía en sus brazos no era solo para su nación, sino para el mundo entero. Lo que él esperaba en sombras, ahora nosotros lo vemos con claridad. La luz del mundo ha venido y esa luz es Jesucristo que sigue disipando la oscuridad de los corazones.
















