2. Lee la palabra de Dios
“Derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo.” 2 Corintios 10:5
“Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar.” 1 Corintios 14:20
3. Reflexiona
Cuando un niño nace, su mente es como un lienzo en blanco. Por eso, como padres, tenemos la gran responsabilidad de instruirlos, pues esas enseñanzas moldearán su destino. Existe un principio poderoso: siembras un pensamiento y cosechas una actitud; siembras una actitud y cosechas un hábito; siembras un hábito y cosechas un carácter que define tu destino. Por esto, la Biblia nos aconseja: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6).
Dios, como buen Padre, nos enseña cómo “pensar” con la mente de Cristo que nos fue dada. En Deuteronomio 6:4-9 nos da una estrategia clara: oírlo a Él y amarlo con todo nuestro ser, permitiendo que su Palabra abunde en nuestro corazón, repitiéndola, hablando de ella, y aun escribiéndola. Dios no solo quiere que conozcamos información, quiere que Su Palabra sea el filtro por el cual vemos la realidad, reaccionemos a ella y vivamos en ella.
Sin embargo, a diferencia de un niño, nosotros ya no somos un lienzo en blanco. A lo largo de los años, hemos acumulado prejuicios, heridas y conceptos equivocados. Por eso, el apóstol Pablo nos enseña que el proceso de madurez espiritual requiere dos pasos:
Derribar con ayuda del Espíritu Santo todo pensamiento y argumento que se levanta contra el conocimiento de Dios (2 Corintios 10:5).
Renovar nuestro entendimiento como se nos pide en Romanos 12:2, permitiendo que el Espíritu Santo sustituya nuestras viejas ideas por la “mente de Cristo”.
Dios no desea que seamos niños inmaduros, “fluctuantes”, llevados por cualquier viento de doctrina (Efesios 4:14), sino que seamos “maduros en el modo de pensar” (1 Corintios 14:20). ¿Cómo lograrlo? A través de la comunión diaria del Espíritu Santo. Él es quien nos guía, nos recuerda las palabras de Jesús y nos enseña todas las cosas (Juan 14:26). No intentemos cambiar de mentalidad solos; dejemos que el Espíritu sea quien tome el control de nuestros pensamientos revelándonos a Cristo, pues al verlo a Él somos transformados.
4. Alaba a Dios
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